Tres pilares de la Parroquia San Juan Bosco

“Orar, Trabajar, Callar”, el lema dado por el padre José “Pepe” Di Paola a nuestra comunidad parroquial, resume un completo plan pastoral y evoca la llamada regla benedictina que San Benito de Nursia escribió en el siglo VI y rigió la vida de los monjes desde entonces hasta hoy, ya que su mandato principal se resumía en dos palabras latinas: “ora et labora” (“reza y trabaja”) y en el sexto de los 73 Capítulos de la Santa Regla se trata de la práctica virtuosa del silencio.
Orar. “La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre”. (Catecismo de la Iglesia Católica). En ese diálogo amoroso que es la oración, nuestro Dios, Trino y Uno, siempre nos “primerea” (una expresión del papa Francisco). Al despertarnos, antes de que hagamos el gesto de la señal de la Cruz o recemos el Padre Nuestro, Él ya nos dio el renovado regalo de la vida y así se nos adelantó a decirnos del amor infinito que nos tiene. Cuando nos dormimos, sea que recordemos o no decirle nuestra gratitud y pedir su protección, Dios permanece en vigilia cuidando de nosotros y nos envía al Ángel de la Guarda que nos protege. El Señor entabla con nosotros un diálogo orante personal a través de su Palabra, presente en las Sagradas Escrituras. También dialoga en oración con nosotros a través de los hermanos que nos hablan, abuelos, padres, cónyugues, hijos, nietos, amigos y hasta nuestros circunstanciales conocidos. Asimismo, Él nos “primerea” en el diálogo orante al comunicarse con nosotros sin palabras y de infinitos modos diferentes, todos acordes a lo que cada uno de nosotros –que somos para Él creaturas únicas, irrepetibles y amadas- necesita escuchar. Lo hace con un bello día, una rica comida, una música, una mirada. En esto y en todo está Dios y su oración para nosotros.
Trabajar . Mediante el trabajo las personas cooperamos con la constante obra creadora de Dios y “el trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas (y) lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza. Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia)
El Documento de Aparecida (2007) describe (120- 122) la importancia que los Obispos latinoamericanos otorgan al trabajo señalando que éste se vincula con la creación ya que “en la belleza de la creación, que es obra de sus manos, resplandece el sentido del trabajo como participación de su tarea creadora y como servicio a los hermanos y hermanas”. Jesús, el carpintero (cf. Mc 6, 3), dignificó el trabajo y al trabajador y recuerda que el trabajo no es un mero apéndice de la vida, sino que “constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra”, por la cual el hombre y la mujer se realizan a sí mismos como seres humanos. El trabajo garantiza la dignidad y la del hombre, es probablemente “la clave esencial de toda “la cuestión social”.
Así es que trabajar en, con y para nuestra comunidad parroquial es uno de los modos con los que aportamos a la acción creadora y redentora de Dios y a la construcción de la Iglesia
Callar. El Eclesiastés dice: “Hay tiempo de callar y tiempo de hablar” (Qo 3,7) y lo dice en ese orden y no en el inverso. Con la lengua alabamos a Dios, pero también hacemos daño a los hombres, hechos a imagen de Dios, como nos recuerda el apóstol Santiago. Papa Francisco nos advierte que “tras un chisme están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo”. Añade que el diablo trata de crear una guerra civil interna de tipo espiritual “que no se hace con las armas que conocemos, se hace con la lengua. Pidamos a San Miguel que nos ayude en esta guerra: nunca debemos hablar mal uno del otro, nunca abrir los oídos a los chismorreos. Antes de chismorrear, un cristiano debe morderse la lengua, (…) le hará bien porque la lengua se hincha y no podrá hablar, ni chismorrear. No les digo que se corten la lengua, no, no hasta allá, no ¡Pero, pidan al Señor la gracia de no hacerlo!”, en alusión a que un cristiano no debe hablar mal de los demás. Es bueno callar dado que, como nos señala Francisco, “muchas hermosas comunidades cristianas van bien, pero luego en uno de sus miembros entra el gusano de los celos y de la envidia y, con esto, la tristeza, el resentimiento de los corazones y las habladurías. Hablar mal de alguien equivale a venderlo. Como hizo Judas, que vendió a Jesús por treinta denarios”.

Victor Eduardo Lapegna

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