Un futuro santo y su paso en las villas de J. L. Suárez

CARLOS DE DIOS MURIAS

Carlos de Dios Murias fue un sacerdote franciscano cordobés que en 1975, cuando tenía 30 años, fue autorizado por su Orden a incardinarse en la diócesis de La Rioja y asistir a la prédica evangélica por la justicia y la opción por los pobres que signaba la pastoral de su obispo, monseñor Enrique Angelelli, quien designó a Murias y al presbítero francés Gabriel Longueville, vicario y párroco respectivamente de la localidad de Chamical. Ahí, el 18 de julio de 1976, Murias y Longueville fueron secuestrados en la casa de unas religiosas donde habían cenado. Sus captores los trasladaron a la Base de la Fuerza Aérea de Chamical. Dos días después, en la Ruta 38, se encontraron los cuerpos de los dos sacerdotes acribillados a balazos, maniatados y con signos de haber sido brutalmente torturados. La Santa Sede abrió el trámite por la beatificación de Murias.
El joven sacerdote franciscano conventual, Carlos de Dios Murias, en los albores de los ´70, con la imagen de la Virgen y su guitarra a cuestas visitaba a las familias de los barrios más carenciados de José León Suárez llevando a todos la Buena Nueva del Amor de Dios encarnado y un mensaje liberador en la calidez de su voz. Su paso por estas comunidades fue fugaz pero, al mismo tiempo, lo suficientemente significativo y enriquecedor como para dejar en ellas su huella. Quedó en los barrios, sobre todo en “Independencia”, un recuerdo intenso de su paso; sembró allí una semilla que germinaría tiempo después en un grupo de jóvenes en los que prendió el compromiso cristiano junto a una opción evangélica por los pobres y los más necesitados en la búsqueda de nuevos caminos que condujeran a una sociedad más justa.
Menudo, delgado, casi frágil, de cabello oscuro, con grandes anteojos y de fuertes convicciones, visitaba a las familias más humildes de la comunidad para compartir con ellas un mate, poner en común sus problemáticas, reflexionar sobre sus dificultades; exponer sus dramas cantado canciones que hablaban de las injusticias sufridas, de sus preocupaciones, de sus luchas por la dignidad. Canciones como “Orejano”, que lo pintaban a él de pies a cabeza. También gustaba rodearse de niños y jóvenes porque en ellos veía el futuro y la fuerza para el cambio hacia una sociedad más justa y liberadora.
Obstinado en la búsqueda de la justicia, persiguiendo sus ideales de un mundo mejor, más humano, más comprometido con la verdad, más amoroso, es que los caminos del Señor lo llevaron a sumarse al proyecto pastoral que llevaba a cabo Enrique Angelelli en La Rioja, donde este obispo trataba de poner en práctica las propuestas del Concilio Vaticano II y que resumía en una sencilla frase: “Hay que tener un oído puesto en el Evangelio y otro oído puesto en el pueblo.” Con este proyecto Carlos coincidía a pleno porque ya lo había intuido, lo había pergeñado y lo había comenzado a poner en práctica en su paso por estas comunidades: evangelizó promoviendo integralmente al hombre. Ese mismo camino es el que lo llevó a dar su vida por el Evangelio. Buscaba la justicia y la paz como pregonaba San Francisco y por eso ponía todo su empeño en defender a los campesinos, a los obreros y a los más marginados de la sociedad. A pesar de vivir todo esto en una época de represión, de miedo, de falta de libertad de expresión, él decía: “Podrán callar la voz de este sacerdote. Podrán callar la voz del obispo, pero nunca podrán callar la voz del Evangelio.”
En su última carta dirigida a sus hermanos frailes en ocasión de la Celebración de Pascua de 1976 y sabiéndose gravemente amenazado por su testimonio, les decía: “… Hermanos, ya me despido y lo hago con una oración por mí y por ustedes, para que realmente nuestras vidas sean un mensaje de paz, de fe, de esperanza, de perdón y de alegría, como dicen ustedes; y a lo que yo agregaría que sea también un llamado a la justicia, ya que sin ésta, lo otro está de más”.
No caben dudas de que la sangre derramada de este mártir, como la de tantos otros que han dado su vida por el Evangelio, se ha transformado en semilla de nuevos cristianos.
Juan Pablo II, refiriéndose a los mártires, decía que “La experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es característica sólo de la Iglesia de los primeros tiempos, sino que también marca todas las épocas de su historia. En el siglo XX, tal vez más que en el primer período del cristianismo, son muchos los que dieron testimonio de la fe con sufrimientos a menudo heroicos”. Y Francisco, en su reciente visita a Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), en su Homilía nos confiaba: “No son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino. No son pocas las veces que faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza. Cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria y así se debilita la esperanza y se van perdiendo los motivos de alegría. Y comienza a ganarnos una tristeza que se vuelve individualista, que nos hace perder la memoria de pueblo amado, de pueblo elegido. Y esa pérdida nos disgrega, hace que nos cerremos a los demás, especialmente a los más pobres (…) No somos personas aisladas, separadas, sino somos el pueblo de la memoria actualizada y siempre entregada.”
Si hoy, en nuestros barrios, se percibe un crecimiento en la fe, en la vida de relaciones solidarias, en la apertura de una comunidad a la esperanza, en la alegría del compartir, es porque hay testigos de la fe y hubo quienes fueron capaces de dar su vida por ser fieles al Evangelio. Uno de esos testigos fue el padre Carlos Murias.

Hilda S. Luppi

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