Ganar el partido de la vida

“Dracu”, el entrenador más apasionado del mundo y el deporte, en las villas

Una mañana fui a conocer al entrenador de fútbol más apasionado del mundo. Su verdadero nombre está envuelto en el misterio -hay quienes dicen que se llama Diego Carrizo – pero en el barrio todos los conocen como Dracu. “Es por los colmillos”, me explica riendo cuando le pregunto sobre este extraño apodo. “Me empezaron a llamar así de chico, y quedó”.

Cuando lo encontré, esa mañana en la capilla del Milagro de José León Suárez, a unos treinta kilómetros del centro de Buenos Aires, me dio una buena noticia: había finalmente encontrado una nueva casa donde alojarse, lo cual implicaba un cambio muy simple: ya no tendría que seguir durmiendo en su auto como la noche anterior. “Fue una oportunidad, y me mudé”, dice a quien le pregunta sobre su nueva habitación.

Dracu, pienso, no es un tipo dispuesto a rendirse fácilmente. Lo entiendo al ver cómo cruza el portón verde de la capilla y sube la rampa con una agilidad pocas veces vista en alguien que anda en silla de ruedas.

Nos sentamos alrededor de un banco, justo en frente del patio de la Escuela de Artes y Oficios San Romero de América donde los niños juegan a la pelota y corren de acá para allá (algunos se calman sólo para saludar cariñosamente a Dracu con un beso). En un cuarto hay clases de apoyo escolar. En otro -la cocina- están empezando los movimientos para el almuerzo.

  • Bueno, ¿qué querés saber?, me preguntó sin muchas ceremonias.
  • A ver, contame un poco cómo empezaste con esto de la escuela de fútbol – le respondí.

Y fue así que me contó su historia de entrenador de fútbol, el más apasionado del mundo.

Antes, para el lector, una advertencia y una aclaración: la pasión de Dracu no es la simple pasión del fanático del fútbol o del hincha (aunque cuando lo encontré llevaba puesta una campera de Boca). No. La pasión de Dracu es más profunda y tiene más que ver con el origen mismo de esa palabra: “pasión” del latín “passio”, que significa literalmente “sufrimiento”.

Porque a Dracu, en verdad, no le faltó el sufrimiento. Una juventud turbulenta en la calle; pequeños robos, viviendo sin rumbo. Hasta que un día, sus compañeros y él, se enfrentaron en un tiroteo con la policía. Le dieron 9 balazos en las piernas y nunca más volvió a caminar. “Ojalá hubiese tenido a alguien que me sacara de la calle entonces”, dijo al recordar esos días.

Ese momento marcó un antes y un después en su vida. Y desde entonces evitar que otros chicos del barrio anden por la calle metidos en cosas malas se convirtió en su misión. Sabio, para lograrlo, eligió el deporte que a todos les gusta: el fútbol.

Entrenamientos, merienda. Dracu a los nenes les brinda una rutina. Un rato pasarlo bien. Con la ayuda de la gente de La Cárcova, de su mujer y de su hijo de 16 años, les enseña los valores del deporte y de la amistad. Sabe que el fútbol puede ser una escuela de vida.

Pero Dracu no se conforma, tiene más proyectos. El principal: una cancha que no sea de tierra, “porque cuando llueve se embarra y no se puede jugar”. Ya se empezó, con la ayuda de las personas del barrio, a construir una plataforma de cemento alrededor de la cancha. También, espera poder dar más botines a los niños y que puedan llegar más donaciones. “Sobre todo para los más chicos es dificil conseguirlos”, afirma.

Y, si se le pregunta sobre si entre los chicos que entrena hay algún futuro talento como Carlos Tevez, él contesta que sí, que hay chicos que juegan bien, pero que no es eso lo que más importa porque “lo más importante es que la pasen bien”.

Se lo nota feliz. Ama lo que hace y siente que es importante. Su historia es la de alguien que estaba por perder su partido personal, pero al final lo dio vuelta con dos goles y salió ganador. Y aprendió, como dijo un brasilero que para algunos fue hasta mejor que Maradona, algo muy valioso: que cuanto más difícil es la victoria, mayor es la felicidad de ganar.

(Andrea Bonzo)

 

El Deporte como Escuela de Vida

“De la sana educación de los jóvenes depende el futuro de las naciones” era una de las frases favoritas de San Juan Bosco, el fundador de los Salesianos en el siglo XIX. Ya los griegos, en la antigüedad, reconocían al Deporte como Escuela de Vida”.

Victor LupoPodemos afirmar sin equivocarnos que el juego es más viejo que la cultura, y de la mano del hombre ese juego primigenio y fundacional de su esencia se transformó en Deporte, la herramienta fundamental que encontró el ser humano, entre el crepúsculo del siglo XIX y los albores del siglo XX, para diferenciarse claramente del maquinismo de la era industrial.

El deporte como hoy lo conocemos fue introducido en nuestro país debido a la inmigración europea (especialmente la británica) que en gran cantidad, llegó a estas tierras desde 1870 a 1930.

Tras su rápida difusión, la escuela inglesa de los deportes se fue “acriollando”, –especialmente el fútbol-, cuando ganó terreno en los hábitos de la cultura obrera argentina y, ya sobre los inicios del siglo XX, fue abandonando su condición de actividad exclusiva de “los colegios Ingleses” para practicarse en la inmensa cantidad de “potreros” y clubes que comenzaron a florecer en todo el país. Este desarrollo estuvo ligado indisolublemente al tendido de nuestra red ferroviaria que, a partir del primer ferrocarril (entre Plaza Lavalle y Floresta) en 1857, llegó en 1915 a tener 33.710 kilómetros de vías y al lado de cada nueva estación se construía una cancha de fútbol o de paleta. Y también a la Leyes que otorgaron el descanso obligatorio del día domingo y las ocho horas laborales durante el gobierno de Don Hipólito Yrigoyen.

Los clubes, un fenómeno casi único en el mundo, se crean básicamente como una necesidad social. La gente necesitaba reunirse y una de las principales excusas fue el deporte. Los clubes, creados como espacios de reunión para sustentar la práctica del deporte formativo, constituyeron la base del Deporte Comunitario Argentino y de allí salieron los deportistas de alto rendimiento, que lograron reconocimientos en el exterior durante muchas décadas.

Estas organizaciones creadas y conducidas por la libre voluntad de la gente, autónoma e independiente del Estado, unieron sus esfuerzos para disfrutar de la práctica del deporte.

El deporte, como ninguna otra actividad humana, está colmado de valores intangibles a los cuales introduce a chicos y jóvenes. Respeto, Cooperación, Relación social, Amistad, Competitividad, Trabajo en equipo, Participación de todos, Expresión de sentimientos, Convivencia, Lucha por la igualdad, Responsabilidad social, Justicia, Preocupación por los demás y Compañerismo, son algunos de ellos. Pero todo esto se consigue si los jóvenes tienen un educador que sepa inculcarlos.

“El objeto del deporte es perfeccionar la salud y no formar campeones, quienes por el hecho mismo de sus condiciones excepcionales, no pueden tomarse ni como modelos ni como objetivo para el numeroso grupo de hombres y mujeres jóvenes que se dedican al desarrollo físico de su persona…”, expresaba el gran médico y sanitarista argentino Ramón Carrillo a mediados del siglo pasado.

En esa época nuestro país vivía una “década de gloria en el Deporte”, no solo por la cantidad de triunfos deportivos internacionales sino porque casi un tercio de la población realizaba práctica deportiva en miles de instituciones que se facilitaban para ello con un presupuesto que creció del 4 al 11,5 % en el área educativa desde donde se conducía esta actividad deportiva. Por eso el presidente Perón expresaba: “SIN EL DEPORTE LOS PUEBLOS NO LLEGAN JAMÁS A TENER UN ALMA PERFECCIONADA”.

Hace muy poco tiempo el querido Papa Francisco, que vivió su juventud en aquella época,  expresaba que “No concibo la Educación sin el Deporte”, a la vez que hace un fuerte llamado al “salvataje” de esos millones de niños del mundo que son víctimas de la “cultura del descarte”. Un salvataje a través de la educación, el deporte y el arte popular, tres patas que van haciendo entrar a los chicos en los valores sociales.

Y esto es lo que intenta llevar a cabo con sus realizaciones, desde hace décadas, el padre Pepe Di Paola trabajando para conseguir que “Las mejores escuelas, las mejoras parroquias y los mejores clubes estén instalados en los barrios obreros”, logrando así achicar la brecha social a través del deporte para el desarrollo de la inclusión. 

(Víctor Francisco Lupo – Escritor y Dirigente del Movimiento Social del Deporte)

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