San Clemente del Tuyú… EN BUSCA DEL BARCO HUNDIDO

Pocos conocen la leyenda del Barco Hundido que se encuentra frente a las costas de San Clemente del Tuyú, lugar elegido por la Parroquia San Juan Bosco para realizar 6 de los 9 campamentos que se llevaron a cabo entre diciembre 2016 y febrero 2017. Y menos aún son los que pudieron corroborar que esa leyenda es real. Que, aunque no veamos al barco, porque está hundido, está ahí.
Resulta que en el año 1817 había mucha actividad comercial en el puerto de Buenos Aires. Los barcos iban y venían entre Europa y nuestras costas llevando cargamentos de oro. Esto despertó la curiosidad y la codicia de un grupo de piratas, quienes con un barco pequeño pero muy rápido, atacaba otras embarcaciones para quedarse con jugosos tesoros.
Las autoridades de Buenos Aires comenzaron a preocuparse porque la cantidad de barcos había comenzado a ser cada vez menor, atentando contra el comercio. Por ello decidieron comprar una goleta con 6 cañones y convocar a una tripulación para combatir a los piratas que asolaban las costas de lo que hoy es San Clemente del Tuyú.
El 15 de enero de 1817 la goleta zarpó desde el Puerto de Buenos Aires con una misión definida: encontrar al barco pirata e intentar hundirlo. Justamente un 21 de enero, el mismo día que con un grupo de chicas y chicos de las villas de José León Suárez fuimos a caminar por la playa, pero 200 años antes, la goleta y el barco pirata se encontraron y combatieron.
Parecía que los piratas triunfarían ya que algunos de los marineros de la goleta, asustados, se tiraron al agua. Pero, en un minuto, todo cambió. Se escuchó el enorme estruendo del disparo de uno de los cañones que impactó directamente en el casco del barco pirata, que comenzó a hundirse.
Existe una tradición entre los navegantes: en caso de que el barco se vaya al fondo del mar, el capitán no lo abandona y se hunde con él. Es lo que pasó. Pero no se quedó solo el capitán. También se hundieron con su barco los 28 piratas que, hasta hacía unos minutos, habían estado peleando.
Comentaron los navegantes de la goleta que, a medida que iba desapareciendo entre las altas olas, los piratas comenzaron a cantar una antigua canción que hablaba de sus triunfos, de sus botines y de los puertos lejanos que habían conocido. Justo en el momento en que el barco quedó bajo el agua, un enorme resplandor surgió desde adentro del agua, eran los brillos de las monedas de oro que llevaba adentro.
Hasta aquí llega el relato de esta leyenda. Cuando se la contamos la tarde de ese 21 de enero en la playa, justo a 200 años del hecho, muchos de los chicos no nos creyeron. Se rieron e hicieron bromas. “¿Dónde está el barco’” gritaban. Y nosotros les respondíamos: “no lo pueden ver porque está hundido”.
Dios quiso que ese mismo día saliéramos todos juntos a hacer la tradicional caminata nocturna por la playa en la que llegamos a un médano, donde reflexionamos sobre el triple encuentro con Dios, los otros y uno mismo que perseguimos como enseñanza en cada campamento, tras lo cual comenzamos a regresar. Era una noche muy oscura cuando, en el horizonte, apareció una luz amarilla brillante como el oro. La sorpresa fue enorme. Todos señalaban el lugar y decían: “la leyenda era cierta”.
Rápidamente hicimos silencio, queríamos intentar escuchar el canto de los piratas, pero al haber tanto viento no fue posible oírlo. Será para otro año, seguramente.
Así que, cuando se encuentren con algunos de los chicos o de las chicas que estuvieron en ese campamento repleto de magia, no duden en preguntarles por el barco hundido. Seguramente ellos les contarán con mayor detenimiento.

Martín “Pachi” Iglesias

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