CRISTO RESURGE EN LA VILLA

Todo empieza con el cura que en nombre del Señor reúne la comunidad. Mesa de hogar de todos. Misa que te proyecta. Y con la mesa y la misa…vienen las ganas y la fuerza. La capacidad de hacer, de juntarse para construir, para transformar y transformarse. Vienen las obras que se multiplican y profundizan hasta logros que parecen milagros.
Si la mesa y la misa se hacen más grandes y participan más y más, más se transforma el barrio.
Con la mesa y la misa, vienen las ganas y la fuerza que hacen posible que chicos vean por primera vez el mar o la montaña. Y lo hagan del modo que lo hace una de las más bellas sensaciones vitales: compartiéndolo con otros. Compartir es lo que hacemos todos aquí. Ganamos todos y ganamos ese calor en el corazón, que te da ganas de vivir,  que da sentido, que tiene ese sabor tan sublime que parece no ser del mundo. Algunos lo llaman amor. Y está buenísimo porque solo existe compartido. Tu propio bien es el bien de todos y tu propia salvación la de los otros.
Así veo la Resurrección en el barrio. Y en el mundo. 
Marcelo Pascual (autor de la composición de tapa)

LA PASCUA DEL DIOS DE LA VIDA 2017

Para comenzar propongo el ejercicio de recordar esas películas donde aparecen hombres primitivos entrando en contacto con Dios. Este dios suele estar enojado por alguna falta que alguien cometió, aunque no se sepa muy bien cómo fue esto y así es que un desastre climático, la pérdida de una cosecha o una enfermedad individual o colectiva son expuestos como castigos por ofensas que deben ser reparadas. Estos dioses irascibles suelen exigir que le sea entregado alguien o algo para satisfacer sus deseos y aplacar su ira. Hay un precio que pagar.

No hace mucho tiempo veíamos como “normal” una película que resaltaba el sufrimiento y el sacrificio de Jesús y se tendía a valorar el hecho de ir a “sufrir” al cine, como si ser cristiano fuese eso: el gusto por el sufrimiento. Frases como “Dios aprieta pero no ahorca” o “Es una prueba” constituyen a menudo un refuerzo de este molde entre nosotros. La Cruz deja de ser “árbol de vida” para convertirse en una justificación de cualquier sufrimiento y opresión.

En un encuentro escuché decir a una mujer: “Durante años soporté que mi marido me golpease porque creía que esa era la cruz que me había tocado. Me habían enseñado que tenía que sacrificarme, que debía aceptar esa situación y aguantar. No había nada que yo pudiese hacer salvo resignarme y tratar de que él no se enojase. En la capilla, compartiendo lo que me pasaba, fui descubriendo que ‘cargar con mi Cruz’ en verdad era enfrentar la situación que estaba viviendo. Cargar con mi Cruz se convirtió, justamente, en evitar ser golpeada, en exigir que me trataran con respeto, en decir ‘no’, en proteger a mis hijos, en recuperar mi dignidad”. Las palabras de esta mujer nos ayudan a pensar la Pascua desde otro lugar: desde un molde “no sacrificial”, el cual tiene como punto de partida la certeza de que nuestro Dios es el Dios que quiere, cuida y defiende la Vida.

El Evangelio de San Juan, en su prólogo, hace dos grandes afirmaciones: La primera es que Dios es Palabra. Si lo comparamos con el molde “sacrificial”, donde Dios es incomprensible, esto marca una diferencia fundamental: nuestro Dios quiere hacerse entender, quiere que comprendamos quién es. Juan sigue diciendo después que para esto se “encarnó”. Decir que Dios se encarnó es decir que se hizo comprensible, tocable, cercano, querible. Dios se hace bebé y de esa manera se opone a la imagen terrible que presentan los moldes sacrificiales.

Pero Juan va a ir revelando además que Dios es amor. Pero para entender esta afirmación hace falta haber hecho la experiencia de ser amados o de amar. Decir queDios es Amor es también decir que nuestro Dios está enamorado de nosotros. Que su amor es un amor tierno, que quiere nuestra felicidad. El amor no pone pruebas, no castiga ni “mete” miedo.

Desde el Dios de la Vida podemos vivir la Pascua desde otra perspectiva: Dios se encarnó para volver a decirnos que nos ama con ternura y que quiere y defiende nuestra vida. Frente a esto, quienes comerciaban con el dolor del pueblo sometiéndolo en nombre de Dios se fueron enfrentando a Jesús. Cada sanación que Jesús realizaba tenía dos consecuencias inmediatas: por un lado se desmoronaba todo el sistema que afirmaba que el dolor y el sufrimiento eran lo que complacía a Dios y, por otro, las personas se liberaban del temor y del miedo. Esta tensión, la de revelar que Dios es amor, es la que finalmente lleva a Jesús a asumir “hasta la muerte en cruz”.

Vivir la Semana Santa desde la comprensión de que nuestro Dios es el Dios de la vida que nos ama con ternura, tiene algunas consecuencias para nuestras prácticas cultuales. La primera es que no somos meros espectadores de una historia pasada. Mucho menos, invitados a ver el desarrollo de una tragedia. En la Pasión vemos a un Dios que nos acompaña siempre en nuestra vida, especialmente en los momentos en que pasamos por situaciones difíciles. La segunda es que celebrar la Pascua es ante todo celebrar la Resurrección. Esto no significa negar el dolor sino, por el contrario, descubrir que cuando estoy sufriendo, Dios camina a mi lado para acompañarme y mimarme. Estas dos cosas que van juntas: el dolor en la vida y la afirmación de la vida por sobre ese dolor. La tercera, entonces, es que prepararnos para Semana Santa es entrar en sintonía con el sufrimiento de los que son enjuiciados y condenados en esta sociedad. El sentir con ellos y tomar opciones desde ellos es lo que nos permite expresar la misericordia. Esa es nuestra tarea como Iglesia, como comunidad que cree en la Resurrección. Celebrar la Pascua es proclamar nuevamente que nuestro Dios es el Dios de la Vida, que nos  ama, nos invita, nos acompaña y nos da fuerza para seguir construyendo en nuestros barrios una vida que sea linda de ser vivida, siempre como comunidad.

Pablo Rozen

 

 

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