VIVA LOS SANTOS DEL PUEBLO

LA RELIGIOSIDAD POPULAR EN LAS VILLAS

Un modo que no es clerical ni secular, por el que se relacionan el Pueblo y Dios

En el clima pesado y lluvioso de la tarde del jueves 19 de abril, un corte de energía dejó sin luz a  la cada vez más remozada capilla del Milagro, en 25 de Mayo y Carcova, una de las 9 que integran la misión de la parroquia San Juan Bosco encabezada por el padre Pepe Di Paola, que marcan la presencia de la Iglesia Católica en las villas de José León Suárez en el Partido de San Martín (Provincia de Buenos Aires). Fue ese el día en el que el padre Pepe accedió a encerrarse en la penumbra de su oficina y responder a  las preguntas de Alver Metalli y Víctor Lapegna acerca de la religiosidad popular en la experiencia pastoral de los curas villeros. Aquí transcribimos el reportaje.

Observando cómo se mueven los curas de las villas en las diferentes situaciones en las que viven y actúan, tanto en Buenos Aires como en su periferia u otros puntos de Argentina, llama la atención su valoración de la religiosidad popular. ¿A qué se debe?

En primer término surge de una convicción que nos nació en el seminario donde tuvimos muchos maestros que valoraban la religiosidad popular y nos enseñaron acerca de ella desde la facultad inclusive, como el teólogo Lucio Gera por ejemplo. También nos fue dada por los primeros curas villeros que ya murieron pero a los que conocimos y fueron nuestros referentes como Héctor Botán, Rodolfo Ricciardelli o Jorge Vernazza y otros sacerdotes. Además nos vino a través del aporte de la III Conferencia general del episcopado de América Latina de 1978 en Puebla. Por eso los curas de mi generación crecimos en el seminario con la apreciación de la religiosidad popular como un valor fundamental. Así que los curas de mi generación –yo tengo 55 años- nos formamos con el aprecio de la religiosidad popular, que es además una particularidad de América Latina en lo que es la esencia de la Iglesia Católica y en la vida espiritual de los pueblos y el territorio.

¿Llegaron a conocer los aportes en este terreno del padre Rafael Tello?

Si claro, en la época del seminario lo conocimos a través de sus interlocutores más cercanos ya que él estaba como recluido. Así que los curas de nuestra generación valoramos la religiosidad popular a través de maestros que nos dejaron enseñanzas directas como Gera o indirectas como Tello. Los curas villeros más jóvenes, en cambio, la vivieron en forma directa a través de su experiencia pastoral que los llevó a asumir esa religiosidad popular que era el desafío que planteaban los documentos de la Iglesia y enseñanzas como las de Gera y Tello y además era la experiencia popular dada por la transmisión de la fe a través de padres, de abuelos, de sus antecesores y de una religiosidad vivida en particular en el lugar en que la gente reside.

¿Con qué te encontraste cuando llegaste a la villa 21 y después aquí, en José León Suárez?

En la 21 me encontré con la Iglesia muy apagada en una villa, por así decirlo, peligrosa en la que había muchos conflictos de pandilla. Pero ahí descubro, porque no lo conocía en su dimensión tan profunda, la religiosidad del pueblo paraguayo. Para mí fue una novedad, una sorpresa y una alegría y busqué captarlo al poco tiempo de estar ahí. Nuestra experiencia fue que a partir de la religiosidad popular, traer una imagen de la Virgen de Caacupé desde su santuario en Paraguay, fue la motivación más grande para la fe del barrio y hoy día lo sigue siendo. No hay un hecho más importante en la historia de la villa 21 que esa movilización. Caacupé fue el punto de partida de una nueva propuesta de Iglesia y de un nuevo modo de ser sacerdotes en esta etapa de la villa. Con Caacupé comienza a ejercerse una identidad, un sacerdocio popular empeñado en el trabajo social y una parroquia popular, fuertemente sacramental. Nosotros hacíamos más bautismos que ningún otro, más confirmaciones…Después comenzó a emerger incluso un discurso común entre quienes éramos curas villeros. Nosotros nos apoyamos en la religiosidad popular pero también creemos en una parroquia popular. Este es el punto importante. Fue nuestro 17 de octubre.

¿Y acá en Suárez cuales son las expresiones más fuertes y visibles de esa religiosidad popular?

Acá y en otras villas bonaerenses es más complejo. Primero porque acá en la Argentina la transmisión de la fe no tiene la misma fuerza que en Paraguay. Incluso entre regiones, es muy diferente un correntino que alguien de la zona pampeana. La religiosidad tiene que ver con las cadenas de la fe y acá tenemos que buscar expresiones que son más variadas y más difíciles. Acá por ejemplo me encontré al Gaucho Antonio Gil, referencia de muchas personas que son católicas pero no se acercaban a la Iglesia porque le ponía condiciones. Nosotros recibimos a todos ellos, valoramos su expresión religiosa y nos preguntamos que hace que quienes creen en Jesús y en María tengan esa religiosidad popular en la que tenemos que profundizar. Después encontré las manifestaciones de las comunidades paraguaya y boliviana, con sus vírgenes de Caacupé y Copacabana y quienes sentían devoción por la Virgen de Itatí o Nuestra Señora del Valle. La Iglesia también debe tomar en consideración la forma de religiosidad popular que se da a través de las iglesias evangelistas, un fenómeno nuevo que no pudo ser tenido en cuenta décadas atrás porque no existía. Es el modo de cercanía que quiere la gente, de simplicidad en el rito, de proximidad con la persona de Jesús. Es un modo de religiosidad popular que se expresa en los movimientos cristianos y la Iglesia tiene que asumir en sus modos concretos y prácticos.

La religiosidad popular parece tener un tono fuertemente mariano y eso es contradictorio con las iglesias evangelistas que no aceptan el culto a la Virgen y plantea el interrogante del lugar que en esa religiosidad marianista ocupan la Santísima Trinidad en general y Jesús en particular.

Hace 40 o 50 años no se supuso que los cultos evangélicos iban a tener la trascendencia que llegaron a tener, en tanto en ellos la gente encuentra un modo simplificado y cercano para llegar a Dios y expresar una motivación mágica que forma parte de su fe. Con la excepción de la Renovación Carismática Católica, no se supo ofrecer canales que canalizaran esa religiosidad y si las iglesias evangélicas tuvieron un crecimiento exponencial es porque la Iglesia católica no supo ofrecer a la gente lo que la gente necesitaba: una capilla abierta, orante, la música…y la alegría. A veces el ritual en nuestra Iglesia cae en una solemnidad que terminó siendo hueca.

¿Ustedes perciben que el papa Francisco comparte esta valorización de la religiosidad popular?

Si lo comparte. Por mencionar un detalle, cuando era obispo en Buenos Aires donde más se lo recuerda era confesando en los santuarios o acá, en las villas y fue el modo que él acentuó. Hoy se entiende que la religiosidad popular es uno de los carriles por donde pasa la vida espiritual de la Iglesia. Además, atender la religiosidad popular te lleva a estar pendiente de la gente. Incluso aquellos que piensan que la religiosidad popular es esta y nada más que esta, se equivocan. Esos han sido más papistas que el papa y eso ha sucedido en la Iglesia. Y la gente buscó otros caminos como este que hablábamos de las iglesias evangélicas. La religiosidad popular es como un río, que va tomando su propio camino y haciendo su propio cauce.

¿Hay, para decirlo de algún modo, “santos modernos” que van ganando su lugar como monseñor Romero y la madre Teresa de Calcuta, que vos admiras…

Si y no sólo modernos, como san Expedito que tomó relevancia en estos últimos 20 años. En la cuestión de la religiosidad popular es tan malo alguien que dogmatiza y dice “esto no va” como el que dice “esto es lo único que va” y no valora las diversas expresiones que esa religiosidad popular adopta.

En la religiosidad popular hay algo – usemos esta expresión fuerte – “de anticlerical”, en cuanto el sujeto es el pueblo y el sacerdote puede o no valorarla, pero no es el que la genera.

Hay un párrafo de Tello que lo tomó Ricciardelli y nosotros lo pusimos en nuestro documento sobre cultura villera, que decía lo siguiente: “La cultura villera no es otra cosa que la rica cultura popular de nuestros pueblos latinoamericanos. Es el cristianismo popular que nace de la primera evangelización; el pueblo siempre lo vivió como propio, con autonomía, y siempre desde su vida de cada día. Es un cristianismo no eclesiástico, ni tampoco secularista, sino con auténticos valores evangélicos”.

Se mantuvo también pese a ciertas miradas de suspicacia con que era vista desde la Iglesia…

Y esas miradas no venían sólo de sectores conservadores, sino también progresistas. Por ejemplo la teología francesa que proponía eliminar imágenes. Podríamos decir que los progresistas desconfiaban sobre todo de la parte de “religiosidad” y los conservadores de la parte de “popular”.

Haznos un mapa rápido de la religiosidad popular en la parroquia.

Yo diría que por un lado está el culto al Gaucho Antonio Gil como algo novedoso, incluso en la iglesia de San Martín. Por otro lado la Virgen de Itatí ya que hay mucha gente venida del Litoral. También hay muchos devotos a San Expedito, aunque no vengan acá. Hay muchos devotos de la Virgen de Luján. Después hay grupos devotos de la Virgen de Caacupé porque hay muchos paraguayos y también un grupo de bolivianos devotos de la Virgen de Copacabana. Por otro lado, en la capilla de Luján donde hay un grupo de la Renovación Carismática, la gente está viviendo en la forma cultual la fe y participación en la Palabra, la música y un modo de religiosidad popular. También los signos que ponemos como el agua, la sal, el aceite que fueron tomados por otras religiones como los umbanda o la iglesia universal, que se apoderaron de signos propios de la Iglesia Católica.

El papa acaba de difundir una exhortación apostólica con el título “Alegraos y regocijaos” en la que habla de “los santos de la puerta de al lado”. ¿Carlos Mugica sería un caso de santo popular que aún no llegó a los altares?

Si y no sólo en la gente de las villas, sino también en la clase media que lo canonizó como un santo de los pobres que dio su vida por su fe. O el caso del Gaucho Antonio Gil, también “canonizado” en sectores populares. Y el cura Brochero o Ceferino Namuncurá ya eran santos en el alma popular antes de ser consagrados como tales. Y es también el caso de Eva Perón, guste o no. Hay personas que están como beatificadas por la gente

Alver Metalli y Víctor Lapegna

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