San Pantaleón, “El que se compadece de todos”

La Medalla Milagrosa

[Festejamos Viernes 27 a las 18,30 con una Misa por la salud]

Esta historia es otra de las casualidades de Dios. Hace más de 22 años, un grupo de amigas del Barrio de La Cárcova (José León Suárez) nos reuníamos todos días 27 de cada mes y viajábamos desde allí a San Cristóbal para presenciar la misa de las 15hs en la Iglesia de  Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa y, luego, caminábamos hasta Mataderos a la parroquia de San Pantaleón con gran devoción. Nuestras oraciones dieron fruto cuando junto a las familias del barrio pudimos construir nuestra propia capilla, que es un símbolo de Fe y fuerza de unidad.

Pasaron los años y llegó el Padre Pepe con la idea de traer la imagen de  San Pantaleón a la Capillita. Nos dio la hermosa misión de ir a buscarla. Con gran entusiasmo fuimos a traerla y compartimos una misa en donde fuimos bendecidas. Asumimos el compromiso de rezar todos los 27 por la salud física y espiritual de nosotras como así también por la de nuestros familiares, amigos y vecinos. Estos encuentros de oración son precedidos por una misa celebrada por el Padre Pepe, o una celebración guiada por un ministro e incluso la hemos realizado entre nosotros bendiciéndonos con agua bendita; en algunas ocasiones, rezamos el Santo Rosario  con mucha devoción pidiendo la intercesión del santo en cuestión.

 

Lo poco que se sabe de San Pantaleón procede de un antiguo manuscrito del siglo VI que se conserva en el Museo Británico. Sabemos que su nombre en griego significa “el que se compadece de todos”. Nació hacia finales del siglo III en Nicodemia (actual Turquía) que por aquel entonces pertenecía al Imperio Romano. Pantaleón era hijo de un senador pagano del gobierno romano y de madre cristiana. Su padre hizo que su hijo estudiara Medicina con los hombres más sabios de ese tiempo. Al terminar sus estudios, fue presentado ante el Emperador y causó tan buena impresión, que éste lo nombró su médico personal. Cierta vez en que Pantaleón paseaba por el bosque, se encontró con un anciano sacerdote, llamado Hermolao, que había conocido a su madre ya difunta. La bondad y sabiduría de este sacerdote hicieron que fuera muchas veces a conversar con él, para que le enseñara cosas sobre Jesús y la fe cristiana. Hermolao le abrió los ojos, exhortándole a que conociera “la curación proveniente de lo más Alto”, y lo llevó al seno de la Iglesia. A partir de entonces entregó su ciencia al servicio de Cristo, sirviendo a sus pacientes en nombre del Señor.

En el año 303, empezó la persecución de Diocleciano en Nicomedia. Pantaleón regaló todo lo que tenía a los pobres. Algunos médicos por envidia, lo delataron a las autoridades. Fue arrestado junto con Hermolao y otros dos cristianos. El emperador, que quería salvarlo en secreto, le dijo que apostatara, pero Pantaleón se negó e inmediatamente curó milagrosamente a un paralítico para demostrar la verdad de la fe. Los cuatro fueron condenados a ser decapitados. San Pantaleón previamente, fue torturado y murió al ser atado a un árbol seco (olivo del que se dice que floreció al instante posterior a su decapitación), a la edad de 29 años, el 27 de julio del 304. Murió mártir por la fe que un día había negado y a la que tuvo la oportunidad de reparar y manifestarle al Señor su amor.

Cuando llega esta fecha lo recordamos con la bendición del Padre Pepe ungiéndonos con el óleo Sagrado. Vivir esta experiencia no tiene explicación, hay que vivirla. Invocarlo nos une como comunidad sabiendo que al poner nuestras necesidades en el Altar San Pantaleón es nuestro mediador junto a nuestra madre María.

Creemos fervientemente que este joven médico santo nos impulsa a transmitir nuestra Fe a pesar de atravesar algunas dolencias físicas y/ o espirituales; nos damos fuerzas mutuamente para continuar y asumir la vida con alegría. Cada uno de nosotros somos el sostén, las muletas que al otro le faltan. Con respeto y cariño ponemos nuestras experiencias como padres, abuelos, esposos, vecinos y amigos con la intención de alivianar las cargas pesadas que muchas veces nos agobian. Siempre hay alguien que nos necesita  y nuestro corazón está abierto para  acompañarlo. Son momentos de intenso amor y no hay hipocresía, se siente la misericordia de Dios y el manto de María que nos cubre con cariño como una madre. La oración nos hace resurgir como ese olivo que creció en el lugar de la muerte de San Pantaleón, signo de paz y esperanza.

Te esperamos el próximo 27, a la tardecita, para que vivas en La Medalla Milagrosa este encuentro de oración. Traé tus dolencias con la certeza de que pueden transformarse en alivio sabiendo que tu petición llega ante Nuestro Señor Jesucristo.

Comunidad de La Medalla Milagrosa

(Colaboración de Hilda Susana Luppi)

 

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