En viaje hacia las Malvinas, sin dejar La Cárcova

Nuestra Señora de Luján

8 de Diciembre

La Fe de la capilla Virgen de Luján es, tal vez, la más popular de las del conjunto de villas de José León Suárez. No, quizás, la más populosa. Pero sí, la que más fue recogiendo la sencillez de la gente. Fe que, después, se fue organizando a través de toda una propuesta evangelizadora de la que hoy es la parroquia San Juan Bosco.

Nacida en medio de una realidad geográfica difícil, las tierras del fondo de “La Cárcova” sufrían constantes inundaciones. Hasta que se excavó el canal aliviador que corre a la vera de la calle “Costanera”. Tampoco las condiciones socioeconómicas eran favorables. La proliferación de cartoneros y recicladores hablaba (y habla) de la imposibilidad de acceder a oficios más rentables. Hasta la misma casa que hoy es la capilla, arrastraba un pasado complicado. Pleitos familiares, actividades ilícitas, entre otros.

Tal vez toda esa mochila pesada que le tocó cargar a ese rincón, en los confines de la barriada, hizo que la parroquia don Bosco, con una mirada paternal, la vea como a ese hijo que alguna vez estuvo muy enfermo. Y que siempre parece estar más pálido, o más débil que los otros.

Y, porque su amor no busca comodidades, sino ser una presencia donde se la necesite, la Madre de Jesús, recientemente visitó capillas y caminó todas las calles y pasillos de las villas. Se despedía. Para viajar muy lejos. Hasta las mismísimas islas Malvinas.

Hace pocos días ex-combatientes la llevaron, para que su manto celeste y blanco fuera como la presencia de nuestros colores patrios en esa tierra. Tierra por la que tantos camaradas de armas derramaron su sangre. Y una nueva imagen de la siempre misma y única virgen María, madre de Jesús, llegará en breve a los fondos de La Cárcova.

Pero volvamos al pasado. Las ideas, los recuerdos se agolpan. Se desordenan. No importa.

Pareciera que Don Bosco, el patrono, el que supo de gentes desamparadas, llama al movimiento constante, febril; a no dejar sola a ninguna persona que espera a Jesús.

Entonces y ahora, la gente fue buscando el amparo de la más querida de todas: La Virgen de Luján y, también, de ese gaucho historia-leyenda-mito que se llamó Antonio Gil. En forma totalmente natural, sin ninguna discusión posible, una y otro se instalaron en la capilla. Y en el corazón de los vecinos.

¿Qué más podemos decir de María de Luján que no se haya dicho ya? Probablemente, nada.

Justamente eso es, nos parece la esencia de la Fe popular. No necesita escuchar cosas distintas. No necesita el último modelo de “smartphone”. No quiere cambiar la Fe que tiene, la que le transmitieron sus padres y especialmente, sus abuelos. No se aburre de peregrinar cada año para visitar a la patrona. No se cansa de ver a la Virgencita acompañando su espera en la estación del tren.

Es que uno, ¿puede cansarse de su madre? Pero, aunque se cansara, -parafraseando a La Biblia- ella no se cansará de nosotros.

La confianza en el “gauchito Gil”, en cambio, tiene mucho de gracias recibidas, de favores concedidos y de rebeldía con ansias de justicia. La gente, gentes de todo tipo, pero especialmente los más humildes, los más pobres, ven en el Gauchito a alguien que soportó lo mismo que ellos soportan. Sus mismos sufrimientos: no sólo la pobreza, sino también la mentira, las falsas acusaciones, la discriminación.

Sin embargo, contrariamente a lo que algunas personas sostienen y muchos medios divulgan por una cuestión de “rating”, las barriadas pobres, como la que ampara la virgen de Luján desde su capilla del fondo de “La Cárcova”, aman la paz, la familia, la alegría, las comidas compartidas con todos, con cantores, con baile. La fiesta es verdadera fiesta cuando acompaña la Virgen. Es que la ven sonriendo. Feliz de estar con ellos.

¿No disfruta una madre, acaso, al ver la alegría de sus hijos?

José Miguel Altube

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