Trajo seguridad donde no había

Capilla Virgen de Los Milagros de Caacupé

[Festejamos el 7 de Diciembre]

Cuando el Padre Pepe llegó, por primera vez, al barrio de la Cárcova en 2014, invitó a paraguayos y argentinos de la villa 21 de Barracas, en Buenos Aires, donde él había sido párroco, para que lo acompañaran en sus inicios por el barrio. Ellos trajeron consigo una imagen de la Virgen de Caacupé con la que hicieron una procesión por las calles de la zona.

Esta Virgen del Paraguay es considerada la Madre protectora de los más humildes y es conocida como Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé. Su historia se remonta a la época de la conquista española, en los territorios de América del Sur. Se dice que, en las que hoy son tierras paraguayas, un indio guaraní, converso al cristianismo en la misión franciscana de Tobatí, se encontraba en grave peligro de muerte, rodeado por los fieros Mbayaes, tribu que no había aceptado la fe cristiana y se había declarado acérrima enemiga de los conversos. En esa circunstancia, se le apareció la imagen de la Virgen María y le dijo: “Caaguy Cupe-pe”, que traducido significa “detrás de la yerba” (en alusión a la yerba mate). Allí detrás, encontró un grueso tronco que le ofreció refugio seguro y se escondió, agazapado y tembloroso, pidiéndole amparo a su Madre del Cielo. Entonces prometió que tallaría, con la madera del árbol protector, una bonita imagen de la Virgen, si salía con vida de ese trance. Sus perseguidores siguieron de largo sin advertir su presencia, y el indio escultor, agradecido, en cuanto pudo regresar, tomó del árbol la madera que necesitaba para su trabajo y esculpió la talla de la Virgen salvadora.

Gracias a la iniciativa del Padre Pepe y a la realización de numerosas procesiones, misas en casas particulares y adoraciones de la Virgencita en las casas de los creyentes, se fue formando el núcleo de una comunidad mixta de paraguayos y argentinos, que trabajaron mucho para reunirse.

En sus inicios, los fieles se juntaban en la casa de un vecino, Narciso. Él nos contó que, desde que llegó la Virgen a sus vidas, les cambió el tema de la seguridad: “Al principio, la seguridad del barrio era muy mal; no nos conocíamos entre vecinos y nunca te podías quedar tranquilo. Ahora hay un sentido de comunidad, a tal punto que confío en dejar a mi hijo con los vecinos. La vida es mejor”. Por esta razón, se puede decir que la imagen de la Virgen fue uniendo al barrio.

Ante el incremento de vecinos que se sumaban a estos encuentros con la Virgen, nació, entre ellos, la necesidad de construir con sus propias manos una capilla dedicada a su advocación. Y así lo hicieron, en el predio frente la canchita de Combet. Hoy en día, Narciso es el actual casero de la Capilla de la Virgen de Caacupé, en la que vive con su esposa e hijo.

Esta capilla es uno de los centros más efervescentes del barrio, en donde se desarrollan actividades como la Catequesis, el Grupo Pre – Juveniles y las Misas de los domingos (con partes en guaraní). Allí se juntan el Grupo de Hombres (que también colocó el piso de cerámica) y el Grupo de Mujeres, las cuales salen en Misión por el barrio.

Aunque la fiesta de la Virgen es el 8 de diciembre, en esta Capilla, se celebra a la noche del día anterior, el 7, para dejar el día de la Inmaculada a la Virgen de Lujan y poder celebrarla junto a las otras comunidades del barrio. En esta fecha se juntan paraguayos y argentinos en una sola comunidad; cada uno lleva sus comidas típicas y se celebra con bailes y música de ambos países. Hay siempre alguien que lleva una guitarra y un arpa. Este día es el centro, el corazón, de la vida de esta comunidad, ejemplo de compromiso y trabajo que se mantiene  hace muchos años y que sirve también como fuente de renovación de esperanzas y energías para el año siguiente.

Elisabetta Fauda

 

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