La ley de la reciprocidad

“En ese ida y vuelta del proceso de aprendizaje deportivo se genera una relación muy significativa que construye, finalmente, un verdadero espíritu comunitario”.

¿Cómo llegué a ser profesor en una villa?

Yo llegué hace aproximadamente cuatro años a la villa La Carcova y le pregunté al padre Pepe Di Paola qué necesitaba. Él me contestó que necesitaba construir un gimnasio en la Capilla del Milagro. Y eso fue lo primero que hicimos con varios amigos, convertirla en el gimnasio que es hoy.

Hace un año, en línea con la visión de las tres “C”, capilla, colegio y club, que tenía el padre Pepe, fundamos el Club Atlético San Juan Bosco y continuamos con ese camino que habíamos trazado, por el cual en cada una de las capillas de la comunidad de villa La Carcova debía haber actividades deportivas.

Paralelamente a ese proceso, hace casi tres años y a raíz de una fuerte necesidad personal, en ocasión de una confesión, el padre Pepe me dijo que hasta que no tuviera responsabilidad sobre un grupo de chicos me iba a ser muy difícil encontrarle sentido a la vida. Obedeciendo entonces a alguien por el que profeso un gran respeto y al que reconozco como autoridad para mi persona, me hice eco de su consejo y no solo fundamos el Club sino que hoy también doy clases en villa Curita, en la parroquia San Francisco Solano.

¿Qué es para mí dar clases?

Es ponerme al servicio de los demás. Es trasmitir valores y conductas.

El deporte es una instancia de aprendizaje de valores fundamentales como la solidaridad, la empatía, el compañerismo: como es en el juego, uno es en la vida. Entonces aprovecho el deporte como instrumento de formación física, porque a través del mismo adquieren una disciplina y voluntad que luego se traslada a los otros ámbitos de la vida; pero al mismo tiempo hay una formación espiritual con la transmisión de valores profundos, que son absolutamente aplicables a la vida de cada uno. 

Ese proceso educativo es mucho más importante aún, porque paradójicamente esos niños transmiten continuamente los mismos valores que les enseñamos a través del deporte. Me enseñan a querer, a brindarme, a ser solidario, a ayudarse mutuamente, a estar atento a la necesidad del otro, etc.

Ellos practican ejemplar y permanentemente, desde su lugar y en su lugar, esos valores que no tiene ni se advierten en la moderna e individualista sociedad de consumo.

Por el contrario, en las villas lo que más se “consume” es el amor. En ese ida y vuelta que uno tiene con los chicos – también con sus padres- en el proceso de aprendizaje deportivo, se genera una reciprocidad muy significativa que construye, finalmente, un verdadero espíritu comunitario.

Por Heriberto Deibe (Profesor de Hockey)