Lejos de la esquina, de la droga y del delito. ¡Chicos, vale la pena!

RAMÓN BOGADO TULA Dr.,

Juez de Responsabilidad Penal Juvenil de San Martín >>>

Voy a compartir la experiencia de la obra del Club San Juan Bosco, en la Parroquia San Juan Bosco que se encuentra en la Villa La Cárcova de José León Suárez. Allí hay un Pastor de esos Pastores con olor a oveja, cuya misión en la vida es dar esperanza a través de la fe, allí donde es más necesario. Siempre me han causado gran curiosidad las figuras de personas que se han despojado de títulos y honores, que no viven pendientes de un reconocimiento personal, que solo viven y trabajan con denuedo y sacrificio para llevar esperanza y consuelo donde más se necesita. Voy a hablar de una obra muy trascendente y espiritual, la obra del Club Social Don Bosco, un ejemplo viviente del Amor de Cristo y nuestra Madre la Virgen. Allí pude percibir lo que logra esa mirada clara y esa voluntad inquebrantable del Padre Pepe. Allí, en el corazón del conurbano, se erige la Parroquia San Juan Bosco, que como todos sabemos es la casa de Dios. Allí vive Pepe y allí estudian, ríen y rezan muchos habitantes de la Villa La Cárcova, allí se comparte la vida, siempre hay una persona que pueda escuchar y compartir las inquietudes, dolores y pesares, con un abrazo, una palmada o simplemente una presencia con un respetuoso silencio. Allí también se comparten alegrías y logros personales, un nacimiento, un bautismo, un casamiento, el progreso en la escuela, el aprendizaje de un oficio, el regreso de un hijo a casa. Allí también se juega y se practica deporte. Tuve la inmensa bendición de compartir el pan en esa casa y de compartir juegos y el deporte que me apasiona a mí y a muchos argentinos, el básquet. Jugué junto a los amigos Nicolás y Joshua que vinieron desde Estados Unidos para compartir su pasión por el básquet, pero sobre todo para compartir la fe y el espíritu de solidaridad. Nicolás Segura es hijo de Enrique y Alejandra, dos argentinos que viven en Washington, pero nunca se olvidan de su Patria y de transmitir a sus hijos su amor por Argentina. Nos divertimos, ¡cómo nos divertimos ese día, chicos y grandes, hombres y mujeres, padres e hijos! Jugamos en un Estadio majestuoso que no tenía las luces ni las instalaciones de la NBA ni de las grandes ligas europeas, ni siquiera la infraestructura de las canchas de muchos clubes de nuestra querida liga nacional. Pero allí, bien pegado a la línea lateral, está Dios, en el sagrario, porque la cancha donde juegan los vecinos de la Villa La Cárcova está dentro del templo, donde se reza y se alaba a Dios y a la Virgen. Qué momento único, enseñar a los más chicos a botar la pelota, a driblear, a tirar al aro, y luego jugar con personas de todas las edades de 15, de 30, 50 y más, bajar un rebote, recibir una tapa, convertir un doble, festejar un triple y seguir riéndonos y compartir el amor por el deporte, aunque falte el aire y duelan las rodillas. Les puedo asegurar que esta experiencia no tiene igual, el amor por el deporte nos distingue a los argentinos, somos apasionados y competitivos, pero más nos distingue nuestra solidaridad cuando las cosas están difíciles. Conozco muchas canchas y gracias a Dios pude ver jugar a muchos de nuestros ídolos de la generación dorada, con la dirección de grandes entrenadores. Todos llevaron en su piel nuestra camiseta celeste y blanca y llevaron nuestros colores a lo más alto del básquet mundial, son un ejemplo de unión, perseverancia y espíritu de equipo, pero también de solidaridad para lograr un objetivo. Qué lindo sería verlos jugar en esa cancha en el Templo de Dios. Conociendo su espíritu, seguro disfrutarían compartir un grato momento con la gente del lugar, y soñar no cuesta nada y los caminos del Señor siempre están.

En tiempos donde muchos pregonan la cultura del descarte y allí donde se siente y duelen las graves consecuencias de la inequidad, la obra del Club Social San Juan Bosco es un faro que ilumina a toda una comunidad. Allí no hay diferencias, allí no hay privilegios ni rencores, allí impera el amor fraterno y un sentimiento de pertenencia, allí los chicos le cantan a la Virgen resaltando que viven en Villa La Cárcova. Allí está el padre Eduardo, gran amigo de los grupos juveniles, y qué lindo es encontrarlo donde más se necesita de nuestros pastores. Allí están Víctor Lupo y un gran grupo de laicos y religiosos que dan vida a esta obra que nace de los sentimientos más nobles del espíritu humano. Y claro está él, Pepe, que desde hace tantos años se levanta día tras día para transmitir a nuestros jóvenes que hay un sendero, un camino que se puede transitar, el colegio, el club y la capilla, que siempre el amor de Dios da una nueva oportunidad, una salida para alejar a nuestros chicos de la droga y la violencia. Para que quienes han perdido su libertad puedan volver a casa y alejarse del delito y respetar los derechos de los demás. Es una tarea ardua, dura y no exenta de obstáculos, pero vale la pena.