“Un Club contra el germen de la división”

MATÍAS DALLA FONTANA,

Ex jugador de rugby de Los Pumas >>>

Fundar un club es una de las formas concretas de sembrar el cambio verdadero. Nunca como en esta etapa de la humanidad, y de la Argentina en particular, el ser humano y su comunidad fueron tan atacados por el germen de la división: una globalización que separa el cuerpo del espíritu, engendrando males como el sedentarismo, la ansiedad generalizada y las adicciones. Así como separa al individuo de su familia, de su pago chico, produciendo formas de abandono que derivan en múltiples discordias, en violencias.

Los deportistas, que conocemos desde muy adentro la mística de lo grupal, del sacrificio, reconocemos, cada vez que un club se funda, la posibilidad cierta de que otros pibes puedan vivir en su propio barrio un camino de disciplina que, volviendo a forjar el carácter en la unidad del amor a los demás, finalmente nos libera. El deporte rompe la inercia del individualismo y del sedentarismo, engendrando un movimiento donde el yo deviene célula del bien general. Por eso todo club, cuando sus dirigentes toman conciencia de sí, se incardina en el movimiento general de una nación.

No importa el resultado final en el sentido de los récords o los éxitos pasajeros o económicos. El cambio auténtico, ese que inexorablemente lleva a las comunidades a autoafirmar felizmente su personalidad, se produce siempre sobre la base de la conservación de los elementos permanentes de su identidad: por eso los clubes del futuro tienen, y tendrán siempre, la misma forma que los clubes del pasado. En ellos se juega, se baila, se comparte el pan, se sueña, se pelea y se reconcilia y perdona. Todos valen igual, realmente, no discursivamente: nenes, nenas, padres, madres, entrenadores, curas, vecinos. Y hasta se encuentra un momento para hablar cariñosamente con Dios.

La Argentina tiene destino, porque tiene amigos entrañables como el padre Pepe, cuyo peregrinar le corre el velo a todo lo que nos confunde y complica la vida diaria, encontrando con este develamiento soluciones simples y originales a la catástrofe global en esta especie de guerra que parecieran haberle declarado al ser argentino y a los pueblos iberoamericanos. Y Pepe lo hace conduciendo ovejas abrazado a ellas, fundido con ellas en un abrazo. Y por ahí, sin estridencias, aparecen tipos enormes como Víctor Lupo, dando y dando con un corazón que no entra en cualquier pecho. Necesitamos muchos Pepes y Víctores. Miles acaso. Y miles de clubes más. El Club San Juan Bosco está ahí, es modelo. Tomemos su testimonio y hagámoslo esperanzados.